Praga es siempre un centro musical de primera orden. El
poeta checo Jan Neruda definió Praga como «Musicopolis
Europae», y Gevaert «Conservatorio de Europa».
Y ambos con sobrada razón.
Fuertemente vinculados a la capital, ese soberbio quinteto
de compositores que llega hasta nuestro tiempo: Smetana,
Dvorák, Mahler, Janáceck y Martinu; hijos
de Praga fueron los directores de orquesta Talich, Ancerl,
Kubelik y Neumann que, de espaldas a la publicidad y el
divismo, constituyeron una referencia obligada por parte
de cuantos aman la música.
En este delicado conjunto urbano, uno de los más
bellos de Europa, donde en sus numerosos teatros se rinde
un especial culto a la ópera, Mozart estrenó
Don Giovani y La Clemencia de Tito. Se puede asistir a una
serie ininterrumpida de representaciones líricas,
escuchar a los Madrigalistas, que conjugan instrumentos
antiguos y modernos, al igual que hacen con los repertorios,
y establecer comparaciones con la famosa Orquesta de Cámara.
Y en cuanto a grandes masas sinfónicas, la Orquesta
Filarmónica, nacida bajo la batuta de Dvorak, no
es solamente un logro espléndido, es un milagro.